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Actualidad / Opiniones

El Futuro de la Nakba

14/05/2018


La conquista sionista de Palestina, que comenzó al azar a principios de la década del 1880 y se intensificó después del cambio de siglo, alcanzando su apogeo con la invasión británica a Palestina y la ocupación de este país antes de la finalización de la Primera Guerra Mundial. Este fue el momento inaugural de lo que se conoce como la Nakba, la catástrofe.

Mientras que el término "Nakba" fue utilizado por el intelectual sirio Constantine Zureik para describir lo que estaba sucediendo a los palestinos en agosto de 1948 (cuando escribió y publicó su clásico libro Ma'na al-Nakbao el significado de la Nakba), otros usaron palabras como karitha (desastre), como el oficial militar jordano y gobernador de Jerusalén Este, Abdullah al-Tall, en su libro de 1959 Karithat Filastin, o el vocablo ma'saa (tragedia), como lo hizo el intelectual nacionalista anticolonial palestino Muhammad Izzat Darwaza en su libro de 1959 Ma'sat Filastin.

"Nakba", sin embargo, se convirtió en el referente más apto y utilizado para describir las tribulaciones que sufrieron los palestinos. En su masiva historiografía en varios volúmenes de los acontecimientos de 1947-1952, publicada por primera vez en 1956, el periodista anticolonial palestino y más tarde alcalde de Jerusalén Este, Arif al-Arif, insistió en usar el término Nakba como título de los hechos sucedidos.

Al-Arif comienza preguntándose: "¿Cómo puedo llamarlo Nakba? Porque hemos sido víctimas de catástrofes, nosotros, los árabes en general, y los palestinos en particular ... nuestra patria nos fue robada y fuimos expulsados de nuestros hogares, y perdimos una gran cantidad de nuestros hijos y nuestros seres queridos y además a todo esto, nuestra dignidad fue golpeada en su esencia".

Si las características más destacadas de la Nakba han sido el robo de tierras palestinas y la expulsión de los palestinos de sus hogares, y el sometimiento de las tierras que no han podido ser robados y las personas que no han sido expulsadas al control y una sistemática opresión, entonces, y como yo argumentaba hace una década, sería muy poco preciso y serio considerar la Nakba como un evento discreto que se refiere a la guerra de 1948 y sus consecuencias inmediatas. Más bien, debe ser historiado como un proceso que abarcó los últimos 140 años, comenzando con la llegada de los primeros inmigrantes sionistas a colonizar la tierra a principios de la década de 1880.

Además, los líderes israelíes continúan regañando a su propia gente y al mundo con la seguridad de que la Nakba no es solo un proceso pasado y presente de despojar al pueblo palestino de sus tierras y expulsarlo, sino que debe continuar preservando la supervivencia futura de Israel. La Nakba es una calamidad que tiene un futuro decididamente planificado con anticipación. Si es así, ¿cuál podría ser ese futuro?

El conquistador sionista colonialista, que finalmente se deshizo de su patrocinador colonial británico en 1948 y estableció el estado colonizador, nunca ha dejado de preocuparse por la posible reversión futura de la Nakba. Si los políticos e intelectuales "pragmáticos" árabes y palestinos liberales y neoliberales en las últimas tres décadas han escuchado la propaganda sionista e imperialista que Israel está aquí para quedarse y que la Nakba palestina es un evento histórico que nunca se puede revertir, no se puede decir lo mismo sobre los líderes de los asentamientos de colonos judíos.

De hecho, los planes para evitar la finalización de la Nakba nacen todos los días por líderes y políticos israelíes. Las celebraciones en curso del 70º aniversario de recordar esta calamidad, en el pueblo palestino se ven afectadas por tales preocupaciones e inquietudes.

Miedo a la reversión

Previo al aniversario, nada menos que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, expresó abiertamente sus temores y esperanzas. Durante una sesión regular de estudio bíblico en la residencia del primer ministro en Jerusalén Occidental en octubre pasado, Netanyahu advirtió, como lo informó Haaretz: "Israel debe prepararse ahora para hacer frente a futuras amenazas existenciales si se quiere celebrar su centenario en otras tres décadas". Netanyahu, de acuerdo con este periódico israelí, agregó que "el reino Asmoneo sobrevivió solo durante unos 80 años", y que está "trabajando para asegurar que el Israel moderno supere esa marca y alcance su centenario".

El contexto del estudio de la Biblia es muy revelador, ya que no es solo una característica del liderazgo cada vez más religioso del estado colonialista, sino que es más bien un ritual iniciado por su primer ministro secular y ateo, fundador David Ben-Gurion, que había inaugurado la tradición de clases de estudio de la Biblia en la residencia del primer ministro. Netanyahu simplemente lo reanudó hace más de cuatro años. Si Ben-Gurion y los primeros líderes judíos sionistas seculares y cristianos protestantes, vieron la Biblia como un libro de historia y geografía que inspira la colonización, Netanyahu y los líderes religiosos judíos de los colonos lo ven hoy como un mandato divino para la colonización.

Mientras que, para los líderes de Israel, la amenaza que temen es una reversión futura de la Nakba, los estrategas y colonos están planeando activamente su futura persistencia. El acertadamente llamado "Deal of the Century" o el Acuerdo del Siglo del presidente norteamericano, Donald Trump, este sería el última maniobra de relaciones públicas en esa dirección. Porque el verdadero negocio del siglo sigue siendo nada más que los acuerdos de Oslo de principios de los 90 (incluso si la nueva versión es peor aún que la anterior), donde Israel pueda garantizar el futuro de las colonias y los asentamientos y la eternidad de la Nakba palestina.

Los esquemas de Israel son multifacéticos. Incluyen el borrado total de la Nakba de la memoria pública, la eliminación de sus testigos que sobrevivieron expulsándolos y haciéndolos refugiados fuera de su patria, mientras simultáneamente extraían de aquellos sobrevivientes de la Nakba a quienes no podían y no pueden eliminar el reconocimiento de que Israel y el sionismo tiene todo el derecho a llevar a cabo la Nakba y que los palestinos son responsables de lo que les sucedió.

Netanyahu está más preocupado por este último problema. Él declaró en el mismo estudio bíblico que las condiciones que garantizarían el futuro de Israel y mantener la Nakba deben cumplirse: "Cualquiera que hable sobre un proceso de paz debe antes que nada hablar sobre el hecho de que [los palestinos] deben reconocer a Israel como el estado del pueblo judío".

La voluntad de expulsar

Una mirada a la estrategia sionista de imponer la Nakba del pasado y el presente nos proporciona algunas pistas sobre la estrategia actual de Israel para su futuro, al menos hasta que este estado colonial alcance los 100 años de existencia.

Fue la modernización otomana, que incluyó en 1858 una nueva ley para transformar tierras estatales y comunales en propiedad privada en todo el sultanato, que constituyó la escena inicial de la pérdida de la tierra de los palestinos y su expulsión por la fuerza a través de la supuesta ley. Cuando los campesinos palestinos, después de la privatización de la tierra, no pudieron registrar sus propias tierras a sus nombres por temor a la tributación imperial, sus tierras fueron subastadas a los comerciantes urbanos de Beirut, Jerusalén y otras ciudades.

Esta transformación hizo posible que los colonos sionistas europeos vinieran a Palestina. La primera ola llegó en 1868. Los colonos eran protestantes alemanes llamados Templers, (Templarios en español), que decidieron establecer varias colonias en el país para acelerar la segunda venida de Cristo.

Mientras tanto, los terratenientes árabes ausentes vendieron algunas tierras a filántropos judíos tales como el barón Edmond de Rothschild, que las proporcionó a una nueva oleada de judíos rusos colonizadores, llamándose a sí mismos los amantes de Sion, para establecer sus colonias.

Los colonos cristianos alemanes traspasaron su propia experiencia a los nuevos colonos judíos, que ya habían adquirido una década y media de experiencia colonial. Mientras que el destino de los colonos alemanes estaría sellado por la Segunda Guerra Mundial, donde sus tierras fueron tomadas por los sionistas judíos y su población -por ser alemanes- expulsada por los británicos y más tarde por los israelíes, el futuro de los colonos judíos sionistas fue mucho más prometedor.

Los alemanes parecían tener relaciones relativamente cordiales con los originarios palestinos, pero no así los colonos judíos, que insistieron en expulsar a todos los aldeanos palestinos de las tierras que compraron. Algunos de los líderes de los colonos judíos a los que se les confió la expulsión tenían remordimientos de conciencia por sus acciones.

El agrónomo y colono polaco Chaim Kalvarisky, un dirigente de la Asociación de Colonización Judía, una de las armas del movimiento sionista, informó en 1920, que como alguien que había estado desposeyendo a los palestinos durante 25 años, es decir desde la década de 1890, "la cuestión de los árabes se me apareció por primera vez con toda seriedad inmediatamente después de la primera compra de tierra que hice aquí. Tuve que despojar a los residentes árabes de sus tierras con el propósito de establecer allí a nuestros hermanos".

Kalvarisky se quejó de que el "triste lamento" de aquellos que estaban forzados a abandonar sus tierras "no dejó de sonar en mis oídos por mucho tiempo después". Sin embargo, le dijo a la Asamblea Provisional Sionista que no tenía más remedio que expulsarlos porque "el pueblo judío lo exigió".

Aunque estas expulsiones que siguieron a la adquisición sionista de las tierras fueron legales bajo la ley otomana, la ocupación británica estableció un nuevo régimen legal de expulsión poco después de su conquista de Palestina.

Uno de los primeros y más importantes instrumentos británicos para desnacionalizar y expulsar efectivamente a decenas de miles de palestinos fue la ley de ciudadanía palestina de 1925 que los británicos impusieron al país. A la luz del Tratado de Lausana de 1923 que establecen las condiciones del período posterior a la Primera Guerra Mundial en los antiguos territorios otomanos, el Artículo 2 de la Ley de Ciudadanía Palestina dio a los expatriados palestinos un ultimátum de dos años para solicitar la ciudadanía palestina, que fue reducido por el alto comisionado británico en Palestina a solo nueve meses.

Como afirma el historiador legal palestino Mutaz Qafisheh, este período de nueve meses "fue insuficiente para los oriundos palestinos que trabajaban o estudiaban en el extranjero para regresar a sus hogares". En consecuencia, la mayoría de estos originarios se convirtieron en apátridas. Por un lado, habían perdido su nacionalidad turca [otomana] en virtud del Tratado de Lausana, por otro lado, no podían adquirir la nacionalidad palestina según la Ley de Ciudadanía. Una estimación conservadora de su número lo ubica en 40.000.

Los debates que los sionistas tuvieron desde la década de 1890 sobre lo que denominaron la "transferencia" de los palestinos, están llenos de detalles y reflejan un consenso entre la mayoría de los sionistas laboristas y los revisionistas minoritarios, que se separaron de ellos para formar su propio grupo más tarde, pero su conclusión fue ineludible.

Los palestinos deben ser expulsados y sus tierras tomadas por la fuerza, pero para hacerlo, los sionistas primero deben adquirir soberanía. Este era ya el plan detallado en el libro "El Estado Judío" de Theodor Herzl de 1896: "Una infiltración [de judíos] está destinada a terminar mal. Continúa hasta el momento inevitable en que la población originaria se siente amenazada y obliga al gobierno a detener la afluencia de judíos. En consecuencia, la inmigración es inútil a menos que tengamos el derecho soberano para continuar tal inmigración".

Los líderes sionistas estuvieron de acuerdo. El líder revisionista Vladimir Jabotinsky fue explícito al respecto desde el principio, mientras que el más prudente David Ben-Gurion, que estaba interesado en la importancia de la propaganda, estaba más atento sobre cómo articular el plan hasta que la expulsión se convirtiera en la política oficial del poder soberano.

Aquí los conquistadores británicos de Palestina se vieron obligados cuando publicaron el Informe de la Comisión Peel en 1937 durante su reinvasión de Palestina para sofocar la gran revuelta palestina de 1936-39. Este informe del gobierno fue la primera propuesta oficial británica para robar las tierras palestinas y expulsar a cientos de miles de palestinos.

Plan de "transferencia"

El informe pedía la partición del país entre los colonos judíos europeos y los originarios palestinos y propuso que, para efectuar la partición, era necesario despojar a los palestinos de sus tierras y expulsarlos. El informe cita como precedente el "intercambio" de población griega y turca de 1923.

El "intercambio" propuesto en Palestina habría implicado la expulsión de 225.000 palestinos del Estado judío propuesto y 1.250 colonos judíos del Estado palestino propuesto.

Además, en un momento en que los judíos controlaban solo el 5,6 por ciento de la tierra en Palestina (ya sea mediante compra o tierras británicas conquistadas), la mayoría concentrada en la llanura costera, la Comisión Peel propuso crear un estado judío con un tercio del país, incluida la Galilea, de propiedad totalmente árabe y poblada. Esto hubiera requerido la confiscación de todos los bienes de propiedad palestina en esas áreas.

Es después de este respaldo oficial británico de la expulsión masiva y la confiscación que Ben-Gurion escribió en su diario: "La transferencia obligatoria de los árabes de los valles del estado judío propuesto podría darnos algo que nunca hemos tenido, incluso durante los levantamientos (de los judíos) durante los periodos del Primer y Segundo Templos: [una Galilea casi libre de no judíos]. ... Se nos está dando una oportunidad que nunca nos atrevimos a soñar en nuestra imaginación más profunda. Esto es más que un estado, gobierno y soberanía; esta es una consolidación nacional en una patria libre".

Tras la publicación del informe, el gobierno británico declaró estar de acuerdo con sus conclusiones y buscó obtener el respaldo de la Liga de las Naciones para dividir el país. Sin embargo, los británicos finalmente tuvieron que rechazar el plan Peel ya que habría implicado la expulsión masiva forzada de los palestinos, en violación, entre otras cosas, de los propios principios de la Liga de las Naciones.

Los sionistas, sin embargo, consideraron correctamente que el Informe de la Comisión Peel los autorizaba a ser más abiertos con sus planes de robo de tierras y expulsión de los palestinos. Al coincidir con el llamado anterior de Jabotinsky para la expulsión masiva, Ben-Gurion declaró en junio de 1938: "Apoyo la transferencia obligatoria. No veo nada inmoral en ello". Su declaración seguiría la política adoptada por la Agencia Judía, el principal órgano sionista a cargo del avance de la colonización judía de Palestina, que estableció su primer "Comité de Transferencia de Población" en noviembre de 1937 para elaborar estrategias para la expulsión forzada de los palestinos.

Un miembro clave del comité fue Joseph Weitz, el director del Departamento de Tierras de la Agencia Judía. Esto no fue una coincidencia. Como la colonización y la expulsión son parte de la misma política, los puntos de vista y el papel de Weitz fueron centrales para ambos. Weitz articuló el asunto de manera categórica: "Entre nosotros debe quedar claro que no hay lugar para ambos pueblos en esta región. Ningún "proceso" nos acercará a nuestro objetivo de ser un pueblo independiente en este pequeño país. Después de que los árabes sean transferidos, el país estará abierto de par en par para nosotros; con los árabes permaneciendo, el país seguirá siendo estrecho y restringido. ... La única forma es transferir a los árabes de aquí a los países vecinos, todos ellos, excepto quizás Belén, Nazaret y la Vieja Jerusalén. No se debe dejar ni un solo poblado ni una sola familia".

Como lo ha escrito el historiador palestino Nur Masalha, la Agencia Judía estableció un segundo comité de transferencia de población en 1941, y un tercero aún durante la conquista sionista de Palestina en mayo de 1948.

Mientras que la revolución palestina de 1936-1939 detuvo el plan británico, y el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial significó que los británicos no podían lidiar con más revueltas en Palestina, la expulsión de los palestinos tuvo que esperar hasta que la guerra terminara.

Partición, pero no expulsión

Fue el Plan de Partición de las Naciones Unidas de 1947 el que haría una nueva propuesta. Si la Comisión Peel quería que se robaran tierras privadas y públicas y se expulsara a la gente, se propuso que el plan de partición de la ONU dividiera las tierras estatales entre los colonos judíos y los originarios palestinos, dando a los colonos que entonces constituían menos de un tercio de la población más de la mitad de la tierra.

Pero a diferencia de la Comisión Peel, el plan de la ONU prohibía explícitamente la confiscación de tierras privadas y la expulsión de las poblaciones. Los sionistas aceptaron la partición de la ONU, pero violaron todos sus mandatos, y la trataron como si fuera el Plan de la Comisión Peel, pero ahora ratificado por la ONU.

El Plan de Partición de la ONU era en realidad una propuesta no vinculante que nunca fue ratificada o adoptada por el Consejo de Seguridad, y por lo tanto nunca adquirió rango legal.

Sin embargo, es importante considerar qué significaba el plan por "estado judío" y "estado árabe" debido al hecho de que Israel utiliza este documento como autorizando su propio establecimiento y sus demandas de que los palestinos y el mundo reconozcan su derecho a ser "el estado judío" en vez de un estado israelí para todos sus ciudadanos.

El plan establece claramente que "no se hará ningún tipo de discriminación entre los habitantes por motivos de raza, religión, idioma o sexo" y que "no se expropiará la tierra de un árabe en el estado judío (o la tierra de un judío en el estado árabe) ... se permitirá excepto para fines públicos. En todos los casos de expropiación, se pagará la compensación total fijada por el Tribunal Supremo antes de la adquisición".

Cuando se emitió la "declaración del establecimiento del Estado de Israel" el 14 de mayo de 1948, las fuerzas sionistas ya habían expulsado a unos 440,000 palestinos de sus tierras y expulsarían a otros 360,000 en los meses siguientes.

De esto se deduce claramente que el Plan de Partición de las Naciones Unidas nunca abogó por el deseo de Israel de establecer un estado con una mayoría demográfica judía creada a través de la limpieza étnica, sino que fue más bien concebido por las recomendaciones del Informe de la comisión Peel.

Tampoco fue la autodefinición de Israel como un estado judío en línea con el Plan de Partición de la ONU, en el sentido de un estado que privilegia racial y religiosamente a los ciudadanos judíos sobre los ciudadanos no judíos, es ilegal, como lo hace Israel.

El Plan de Partición de la ONU en el que Israel basa su establecimiento inicialmente previó un estado judío con una mayoría árabe (que más tarde se modificó ligeramente para incluir una población árabe del 45 por ciento). Por lo tanto, el plan nunca previó un estado judío libre de árabes, como el estado israelí había esperado que fuera y como muchos judíos israelíes contemplan hoy.

De hecho, como Palestina estaba dividida en 16 distritos, nueve de los cuales estaban ubicados en el estado judío propuesto, los árabes palestinos eran mayoría en ocho de los nueve distritos.

El uso del término "estado judío" en ningún momento del Plan de Partición de las Naciones Unidas autoriza la limpieza étnica o la colonización de un grupo étnico de las tierras privadas confiscadas de otro, especialmente porque el plan preveía que los árabes en el estado judío serían una "minoría" perpetua. y así estipulado los derechos que deberían otorgarse a las minorías en cada estado.

Esta situación demográfica no habría sido un problema para el estado árabe, ya que el plan de la ONU preveía que el estado árabe tendría solo un 1,36 por ciento de población judía.

El movimiento sionista entendió las contradicciones del Plan de Partición y se basó en ese entendimiento para expulsar a la mayoría de la población árabe del estado judío proyectado de acuerdo con las recomendaciones de la Comisión Peel. Pero los sionistas fueron incapaces de presentar un estado de sin árabes, lo que complicaba las cosas para ellos a medida que pasaba el tiempo.

Actualmente, alrededor de una quinta parte de la población de Israel son árabes palestinos a los que se les prohíbe la inclusión en ámbitos y materias de los judíos y sufren discriminación legal institucionalizada contra ellos como no judíos.

Los sionistas, incluido el prominente historiador israelí Benny Morris, han argumentado que es la misma presencia de los árabes en el estado judío la que lo impulsa a consagrar su racismo en todas estas leyes. De lo contrario, si Israel hubiera tenido éxito en expulsar a todos los palestinos, la única ley que habría necesitado para preservar su estatus judío sería una ley de inmigración que lo estipule. (Véase mi debate con Morris en History Workshop Journal y en mi libro The Persistence of the Palestinian Question.)

En contraste con el Plan de Partición de la ONU, para Israel, el significado de un "estado judío" es la expulsión de la mayoría de la población árabe, la negativa a repatriarlos, la confiscación de sus tierras para la colonización exclusiva de judíos y la promulgación de docenas de leyes discriminatorias contra quienes permanecieron en el país.

Cuando Israel insiste hoy en que la Autoridad Palestina y otros estados árabes reconocen su derecho a ser un estado judío, no quieren decir que deben reconocer su judaísmo en la forma prevista por el Plan de Partición de las Naciones Unidas, sino más bien en la forma en que Israel entiende y ejerce esta definición en terreno.

El plan sionista para llevar a cabo la Nakba ha permanecido firme desde la recomendación de Herzl. Si el Informe de la Comisión Peel fue el primer aval de ese plan por parte de un gobierno occidental, el Plan de Partición de la ONU no lo cumplió. A la luz de esto, la Nakba infligida a los palestinos sería ejecutada en tres fases principales, una anterior al plan de la ONU y dos posteriores al fracaso de la ONU para implementar este plan.

Fase I (1880-1947)

Los sionistas fomentaron una alianza con el gobierno dominante (los otomanos y los británicos), compraron tierras u obtuvieron tierras del estado a través de subvenciones del gobierno administrador de turno; expulsó legalmente a los palestinos de la tierra adquirida y comenzó a construir una estructura estatal discriminatoria y una economía racista que prohibía la entrada de los originarios para preparar la toma por la fuerza del resto de las tierras y la expulsión de la población.

En el frente de las relaciones públicas, los palestinos expulsados fueron representados como perdedores descontentos, cuyo desalojo fue legal y moral y ni siquiera lamentable (a pesar de las reservas de Kalvarisky).

Fase II (1947-1993)

Esto implicó la conquista de las tierras y la expulsión forzosa de la población, esta vez ilegalmente en 1947-1950, en las áreas en las que se declaró el estado israelí en 1948, y en 1967-1968 en la ocupada Cisjordania y la Franja de Gaza, así como los Altos del Golán de Siria y la Península del Sinaí en Egipto. Israel ideó leyes para legitimar la confiscación de las tierras e impedir el regreso de los refugiados expulsados e instituyó un sistema ?democrático? de gobierno racista que priva a los originarios restantes de la igualdad y limita su acceso a la tierra y la residencia en el país.

Estableció o creó una clase de colaboradores locales y los nombró como líderes de los palestinos (los Mujtars(equivalente a Cacique o jefe tribal) en las áreas de 1948 y las "Ligas de las aldeas" en las áreas de 1967), mientras deslegitimaba a los refugiados sobrevivientes como víctimas de su propio error de cálculo donde se afirman que se habían ido por su propia cuenta y que no fueron expulsados por los sionistas.

Esta estrategia multifacética se aplicó efectivamente e indistintamente dentro de Israel y en los territorios ocupados de 1967, excepto por la creación de un liderazgo colaborador que, a pesar de serios intentos, tuvo un éxito parcial y temporal.

Fase III (1993-2018)

La expulsión ilegal y masiva se hizo imposible durante este período, aunque continuó la expulsión legal individual. Sin embargo, las confiscaciones masivas de tierras basada en una "cobertura legal" continuaron sin obstáculos.

También se observa un cambio crucial, a saber, en lo que respecta a la elección del liderazgo palestino. En lugar de crear un liderazgo alternativo para reemplazar al liderazgo palestino anticolonialista, un esfuerzo que finalmente fracasó, el enfoque israelí fue la utilización de la histórica y legitima dirección nacional (la Organización de Liberación de Palestina, OLP) y su transformación en un equipo de colaboradores y los ejecutores del colonialismo sionista en la forma de la Autoridad Palestina, AP.

Israel también buscó extraer el reconocimiento formal del liderazgo colaborador de que el colonizador sionista-colonialista era y es legítimo y que la expulsión de los palestinos y el robo de sus tierras hasta ahora han sido legítimos. Esto se logró con los acuerdos de Oslo y en los muchos acuerdos que la AP e Israel firmaron desde entonces.

Con base en las estrategias empleadas durante estas tres fases, podemos extrapolar el plan por los próximos 30 años para que Israel alcance los 100 años de existencia y para eternizar la Nakba y convertirla irreversible por completo.

La fase futura

La fase futura ya está en marcha e implica un esfuerzo más serio para eliminar por completo a dos tercios del pueblo palestino y su derecho a la tierra.

Esto se logró parcialmente durante la Fase III, concretamente mediante la eliminación o desmantelamiento de la OLP como una organización viable que representaba a todos los palestinos, mediante la creación de la AP, que nominalmente solo representa a aquellos en Cisjordania (menos Jerusalén) y Gaza.

Israel ya relegó el tema de los refugiados palestinos a las llamadas conversaciones sobre el estatus final que nunca llegan y ahora espera eliminar formalmente su derecho de retorno garantizado por la ONU en particular y los refugiados como una categoría más general.

Los esfuerzos en curso del gobierno de los Estados Unidos e Israel para destruir la UNRWA, la agencia de la ONU para refugiados palestinos, apuntan a agilizar este proceso de una vez por todas.

En la fase futura, ya en marcha, Israel también insistirá en eliminar por completo las pretensiones nacionalistas de la Autoridad Palestina, y en garantizar un equipo de colaboradores de la AP que no hará ni siquiera demandas nominales para mitigar la permanencia continua de la Nakba.

Finalmente, en esta fase Israel apunta a aislar a los sobrevivientes palestinos de la actual Nakba, que ha continuado durante los últimos 140 años, y rodearlos de enemigos árabes, que ahora son los mejores amigos de Israel o al menos son los enemigos de cualquier palestino que continúa resistiendo a la Nakba, esto incluye a los regímenes jordanos, egipcios, sirios y libaneses, así como a todos los regímenes del Golfo (con la posible excepción de Kuwait).

Mientras los políticos e intelectuales árabes y palestinos liberales y neoliberales y los gobernantes árabes no electos han aceptado formar parte de este plan para asegurar su propio futuro, que ahora está vinculado al futuro de Israel y la eternidad de la Nakba, es el resto del pueblo palestino que continúa resistiendo y subvierte esta estrategia.

La actual resistencia palestina a la Nakba presente y futura, ya sea en Israel, Cisjordania (incluida Jerusalén), Gaza o en el exilio, persiste a pesar de todos los esfuerzos de Israel para aplastarla.

Como las contradicciones dentro del estado colonial sionista y la atmósfera internacional han hecho mucho más difícil para Israel volver a embarcarse en la expulsión masiva ilegal de la población, ha lanzado propuestas para una expulsión legal y voluntaria de ciudadanos palestinos de Israel a través de una solución final (Similar al Plan Peel) con el equipo de colaboradores de la Autoridad Palestina. Sin embargo, se ha demostrado que es más fácil proponerlo en papel que ponerlo en práctica.

Como la Nakba debe involucrar la conquista de las tierras y la expulsión de la población, entonces una serie de obstáculos se encuentran ahora en el camino de Israel para el futuro de la Nakba. Este es un período de transición.

A nivel nacional, los ciudadanos palestinos de Israel ahora se movilizan contra el carácter judío y colonialista del estado y están exigiendo el desmantelamiento de sus leyes racistas. El equipo de colaboradores de la Autoridad Palestina, mientras todavía está en el poder en Cisjordania, está a punto de perder su último vestigio de legitimidad con la próxima desaparición de Mahmoud Abbas.

La resistencia en Gaza, por la población y el ala militar de Hamas, no se ha debilitado a pesar de las monstruosas invasiones y asesinatos de miles a manos de Israel desde 2005, cuando Israel retiró a sus colonos y trasladó sus fuerzas de ocupación desde el interior al perímetro de Gaza, donde hacen cumplir un bloqueo y asedio brutal.

Si la Gran Marcha del Retorno de las últimas semanas es una indicación, la voluntad del pueblo palestino permanece firme e inquebrantable.

A nivel internacional, el movimiento de boicot, desinversión y sanciones, BDS, continúa creciendo y aislando a Israel, excepto en los círculos gubernamentales occidentales y árabes.

Si bien los regímenes occidentales oficiales y los árabes ofrecen al colonialismo israelí su apoyo incondicional, se niegan categóricamente a autorizar a Israel a expulsar por la fuerza a los 6,5 millones de palestinos que viven bajo su dominio colonial, ya sea en las áreas de 1948 o 1967. Sin embargo, sí le permiten continuar confiscando las tierras de los palestinos y oprimirlos, matarlos y encarcelarlas. Al hacerlo, apoyan la mitad de los planes de Israel para perpetuar la Nakba, pero no todos sus planes.

Este ha sido el dilema de Israel desde el principio. Cuando después de la conquista de 1967 Golda Meir le preguntó al primer ministro Levi Eshkol qué haría Israel con un millón de palestinos, ya que no devolvería los territorios ocupados y ya no podría expulsarlos en masa, él le dijo: "La dote te agrada, pero la novia no."

En este contexto, parecería que la Nakba no tendrá futuro a menos que los líderes israelíes piensen que pueden salirse con la suya con una nueva expulsión en masa de millones de palestinos. En este 70 aniversario del establecimiento del estado colonial, Netanyahu tiene razón en preocuparse de que Israel no llegue a los 100 años y de que el futuro de la Nakba, al igual que el de Israel, bien pueda estar detrás de ello.

Autor:


Joseph Massad, profesor de Política Árabe Contemporánea e Historia Intelectual en la Universidad de Columbia. Él es el autor más reciente del Islam en el Liberalismo (University of Chicago Press, 2015).

Fuente: The Electronic Intifada

Traducción: Palestinalibre.org